viernes, 31 de julio de 2026
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JUEVES DE CRÓNICAS: HÉROES DE SANTANDER El eco de una ausencia y el alma de una Comisario: La historia de Yolanda Zúñiga Parra

Hay historias que no se escriben con tinta, sino con lágrimas contenidas, con la memoria perpetua de una madrugada trágica y con el orgullo intacto de quien sirvió a la patria con el alma en las manos. Esta es la crónica de una mujer de acero y de ternura, la señora comisaria Yolanda Zúñiga Parra, oriunda de Codazzi, Cesar, cuyo destino quedó marcado a fuego entre las calles de Bogotá, el sol de Santa Marta, la brisa de Bucaramanga y el dolor de un conflicto que le arrancó lo más sagrado.
Corre el año 1987. Con la ilusión latiendo en el pecho, una joven Yolanda ingresa a la Escuela de Suba en Bogotá, dispuesta a dejarse la piel por la seguridad y la convivencia. Viendo la luna y el sol, recorrió las difíciles y arduas calles de la capital con la convicción profunda de que ser policía no era un oficio, sino una pasión. Cuatro años más tarde, con el mérito en la frente, se homologó como suboficial en la Escuela Gonzalo Jiménez de Quesada, abriéndose paso en un mundo donde el carácter se forja a prueba de fuego. Su camino la llevó después al encanto turístico de El Rodadero en Santa Marta. Y fue allí, entre la brisa y el mar, donde la vida le tenía preparada su más hermosa coincidencia. En la escuela de suboficiales conoció al amor de su vida, su héroe eterno: el sargento primero Jairo Rudesindo Beltrán Pico, oriundo de San Vicente de Chucurí.
El amor estalló limpio y sincero. Estando en Santa Marta, quedó embarazada. A los cinco meses de gestación, se juraron amor eterno ante el altar. Fue ese amor puro, alimentado por la mística institucional, el motor que les permitió sostenerse en pie en medio de los rigores de la vida policial. En 1993, el destino los reunió en Bucaramanga. Primero llegó ella, y un año después, como una bendición largamente esperada, arribó su esposo para consolidar el hogar con el que tanto habían soñado. De ese amor nació su luz, su hija Lizeth Paola.

En la “Ciudad Bonita”, Yolanda lo entregó todo: desde la Policía aeroportuaria hasta la entonces Policía de menores. Jairo, por su parte, patrullaba también las calles santandereanas protegiendo a los ciudadanos, allí en esa época nació su segunda hija y posteriormente el paso más crucial y arriesgado: ingresar a la contraguerrilla del Departamento de Policía Santander. Ambos conocían el peligro. Ambos sabían que cada vez que salían a la calle, el regreso no estaba garantizado. Golpeaban con contundencia las células delictivas que pretendían doblegar la paz de la región, ignorando que el destino les guardaba una prueba insoportable.
Santander vivía días oscuros. Pueblos enteros habían sufrido la furia de tomas guerrilleras. El municipio de Guaca lloraba el asesinato indiscriminado de un agente de policía, y la contraguerrilla donde laboraba el sargento primero Jairo Rudesindo fue requerida de urgencia para brindar apoyo.
La comisaria Yolanda recuerda esa fecha con el alma encogida. Aún hoy, con los ojos anegados en lágrimas, relata aquella noche inolvidable en la que el insomnio se convirtió en su sombra perpetua.
En el alto El Término, entre los municipios de Guaca y Santa Bárbara, la patrulla fue emboscada. En cuestión de segundos, el silencio de la montaña se transformó en el infierno mismo: una poderosa explosión seguida de ráfagas de fusil que jamás pararon. Un helicóptero Bell 212 intentó socorrerlos, pero la ferocidad del ataque impidió evitar la tragedia. Aquella madrugada fría, entre el plomo y la metralla, cayeron héroes de la patria. Ahí, en esa línea de fuego, murió su esposo.
“Ya ella sentía ese vacío, pero no sabía por qué, y la hija no paraba de llorar. Al saber la noticia, la vida le cambió completamente. Nunca más, la vida volvió a ser igual.”
Con la noticia, el mundo de Yolanda se derrumbó. No volvió a ver a las personas de la misma manera; desde ese día, aprendió a mirar a cada compañero de uniforme con la profunda conciencia de que cada espalda carga una historia invisible de sacrificio, dolor y supervivencia.
Lejos de quebrarse por completo, Yolanda sacó fuerzas de las cenizas. Continuó su carrera durante 14 años más, cerrando su ciclo dorado como jefa de bienestar social del Departamento de Policía Santander.

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